miércoles, 5 de noviembre de 2008

Liberando el alma

Salí de la ciénaga. Crucé valles. Subí colinas. Bajé montañas. Y ahora me encuentro en una encrucijada. A mi derecha se encuentra una pradera de hermosos pastos, arboles frutales y pajarillos cantores. A la izquierda un páramo escarpado e inhóspito, seco y baldío.



A primera vista puede parecer una elección de lo más sencilla. Nada más lejos de la realidad. Si tomo la bifurcación de la derecha en ella hayaré paz, cariño, respeto, aprecio e incluso amor. Mas cuidado pues en el interior de esa pradera hay un sendero. Ese sendero lleva directamente de nuevo a mi ciénaga. Es una posibilidad real que si sigo ese camino acabé de nuevo donde mis propios pasos me llevaron una vez.



Sin embargo, el camino de la izquierda aunque aporta poca belleza a la vida y es más escarpado y duro asciende hacia las montañas y las atraviesa dejando inaccesible la ciénaga y todo lo que tenga que ver con ella. No más dolor. No más decepciones. No más sufrir por otras personas. Un lugar ideal y mágico para vivir. Ser autosuficiente. No necesitar de los demás para tener una vida plena. El precio, nada más que mi alma y esa parte de mi ser capaz de sentir piedad y amor por los demás. Pequeño precio a pagar por la felicidad más absoluta de no necesitar la aprobación de los demás.



Aquí me encuentro parado estos días. Decidiendo si entregar mi alma por un poco de felicidad en la vida. Ya he decidido. Esa elección ya estaba hecha. Solo me limito a llevarla a cabo.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Atravesando el valle

He dejado atrás mi infecta ciénaga tras largo tiempo luchando por salir de sus sucias aguas. Lo que veo ante mí es un sol radiante. Un cielo de un color tan bello que mis lágrimas se derraman al contemplar tanta belleza.


Unas praderas verdes como las esmeraldas y cubiertas de flores. Una manifestación de la primavera más radiante se abre frente a mí. Veo pájaros en el cielo. Pero no son los apestosos cuervos o buitres que poblaban mi apestoso cenagal en busca de su festín carroñero de putrefactas piezas muertas. Son pájaros que entonan bellas melodías mientras vuelan por el cielo en círculos.


Siento miedo. Un solo paso me alejará de mi lúgubre pantano. De mi hogar. Donde me sentía seguro. Donde nada me hacía daño. Donde reflexionaba sobre mis vivencias pasadas. Un lugar donde no era vulnerable. Donde la soledad, mi única compañía, me arropaba y me mecía en las noches frías. Donde me hice fuerte en la debilidad. Donde de alguna forma perversa y morbosa era feliz, chapoteando en el lodo de mis propios miedos y complejos. Me adentraré en un lugar donde me siento vulnerable e indefenso.


Me digo a mi mismo que no. Que tengo que salir de ese pozo de negrura. De ese lugar que me absorbe la esencia y el espíritu. El lugar que me convierte en un ser cínico que se regodea en su propia crapulencia. Que me lleva a dejar mi corazón abandonado en manos equivocadas.


Cierro los ojos con fuerza. Me doy ánimos a mi mismo. Levanto mi pie derecho y doy una zancada. Luego otra. La tentación de volver es cada vez mayor. Así que comienzo a correr. La vista puesta en el horizonte. La ciénaga a mi espalda y la esfera solar colgada en el horizonte. Mi destino final incierto. Solo hay una dirección y es la que he tomado. Espero dejar pronto atrás el valle y llegar a mi nuevo hogar.