He dejado atrás mi infecta ciénaga tras largo tiempo luchando por salir de sus sucias aguas. Lo que veo ante mí es un sol radiante. Un cielo de un color tan bello que mis lágrimas se derraman al contemplar tanta belleza.
Unas praderas verdes como las esmeraldas y cubiertas de flores. Una manifestación de la primavera más radiante se abre frente a mí. Veo pájaros en el cielo. Pero no son los apestosos cuervos o buitres que poblaban mi apestoso cenagal en busca de su festín carroñero de putrefactas piezas muertas. Son pájaros que entonan bellas melodías mientras vuelan por el cielo en círculos.
Siento miedo. Un solo paso me alejará de mi lúgubre pantano. De mi hogar. Donde me sentía seguro. Donde nada me hacía daño. Donde reflexionaba sobre mis vivencias pasadas. Un lugar donde no era vulnerable. Donde la soledad, mi única compañía, me arropaba y me mecía en las noches frías. Donde me hice fuerte en la debilidad. Donde de alguna forma perversa y morbosa era feliz, chapoteando en el lodo de mis propios miedos y complejos. Me adentraré en un lugar donde me siento vulnerable e indefenso.
Me digo a mi mismo que no. Que tengo que salir de ese pozo de negrura. De ese lugar que me absorbe la esencia y el espíritu. El lugar que me convierte en un ser cínico que se regodea en su propia crapulencia. Que me lleva a dejar mi corazón abandonado en manos equivocadas.
Cierro los ojos con fuerza. Me doy ánimos a mi mismo. Levanto mi pie derecho y doy una zancada. Luego otra. La tentación de volver es cada vez mayor. Así que comienzo a correr. La vista puesta en el horizonte. La ciénaga a mi espalda y la esfera solar colgada en el horizonte. Mi destino final incierto. Solo hay una dirección y es la que he tomado. Espero dejar pronto atrás el valle y llegar a mi nuevo hogar.

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