El pequeño Santi llevaba en camino un par de semanas. Había cogido un avión en Alicante que lo llevaría hasta Estocolmo. Aún hoy me pregunto como es posible que un niño solo burlara los controles del aeropuerto y embarcara con destino a otro país sin que nadie se percatara. Al llegar a Estocolmo, se había enfundado su chaqueta de color Naranja butano y había empezado a deambular por el aeropuerto para encontrar un autobús que lo llevara a la ciudad. Había comprado su billete y se había sentado en la parte de atrás para que nadie lo molestara.
Tenía tan solo 7 años pero la vida lo había llevado a madurar deprisa. Sus padres y seres queridos habían muerto en un accidente cuando él era un bebe y llevaba en el hospicio desde los 3 años.
Al llegar a la ciudad se encontró un poco perdido pero esto no le hizo amilanarse. Alquiló una bicicleta y reemprendió camino aterido por el frío de las latitudes nórdicas donde se encontraba. Cualquier adulto habría dado la vuelta mucho antes pero él no se rindió. Dejó atrás ciudades y bosques y se internó en la zona Polar. Cuando no pudo más con su bicicleta se bajó y comenzó a andar por el hielo. Transcurrieron un par de semanas hasta que llegó a su destino... el Polo Norte.
Una persona normal, habría muerto aterida de frío y por el acuciante hambre pero eso no iba con Santi. Tenía una voluntad de hierro y una determinación: llegar hasta allí a cualquier precio. Y lo había hecho. Se encontraba junto a un poste metálico rojo y blanco. Veía una casa pequeña y cubierta de nieve, un cobertizo y una cerca para animales. Estaba exhausto y apenas podía caminar. Haciendo acopio de sus últimas fuerzas consiguió llegar hasta la puerta y llamar. Después se desplomó en el glaciar suelo y perdió el conocimiento.
Al despertar estaba en una cama y con un hombre gordo y barbudo a su lado. La habitación rezumaba calor y las sabanas de pelito y las 3 mantas hacían lo propio. Sentía calidez por primera vez desde hacía años. El viejo lo miraba espectante. Al final le habló:
- Has tenido suerte, casi mueres de hipotermia.- dijo el viejo.
- Lo se. Pero tenía que venir a verte.- Repuso Santi.
-Podías haber escrito una carta, como hacen todos los niños.
-Es que yo no quería pedirte nada.
- Entonces, ¿Para que has venido?- Preguntó el anciano barbudo sorprendido.
- He venido a traerte una cosa. - dijo alargando la mano hacia su mochila que yacía junto a él en el suelo de la estancia.
El anciano se la entregó con una curiosidad que lo sorprendió hasta a él mismo. El niño, sacó de su interior una bolsa de plástico que contenía un paquetito primorosamente envuelto en trozos de papel de regalo usados. Resultaba bella la composición llevada a cabo con retales arrugados y rotos de papel de regalo. Un colage de innumerables trozos de papel de colores sujetos con cinta adhesiva y que hacían aquella composición única.
- Esto es para tí.- dijo el niño.
- ¿Qué es?
- Es un regalo para tí.- repuso el niño.
El anciano visiblemente emocionado y con los ojos húmedos por la emoción, deshizo el paquete lo más suavemente que pudo para no perder aquella obra de arte realizada con esfuerzo por aquel niño. Cuando lo hubo abierto encontró en su interior una bufanda y unos guantes, ambos de color azul. Con las lágrimas recorriendo sus mejillas el viejo solo acertó a decir:
- Gracias.

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